

ESCUCHAR VOCES
POR: Balvanero Balderrama García
balvanero@gmail.com / @Balvanero.B
Hace poco, caminando por una colonia de la ciudad de Villa de Álvarez, escuché voces y volteé pensando que me hablaban. No era así.
Observé a un joven, aparentemente hablando solo, caminando por la acera ya casi de noche, gesticulando y haciendo ademanes. Me fijé mejor y pude ver el pequeño dispositivo que llevaba en la oreja.
Ya con esa experiencia, y como seguía caminando en la fresca tarde, vi a varias personas que hacían exactamente lo mismo: caminaban por la calle mientras hablaban.
En tiempos remotos esto hubiera sugerido muchas cosas. Algunas no muy positivas: locura, alucinaciones, visiones, posesión.
Hoy sabemos que aquel pequeño aparato en la oreja permite hablar con alguien que está a kilómetros de distancia. Eso es, en buena medida, la hiperconectividad: estar conectado todo el tiempo y en cualquier lugar.
Seguramente esto tiene sus ventajas. Atender pendientes, resolver asuntos, estar disponible. Y también, algunas desventajas.
En mi experiencia, caminar me da un tiempo para reflexionar. Pensar en lo que hice, en lo que me falta, en aquello que no debería haber hecho, entre muchas otras ideas que se hilan al compás de los pasos.
Seguramente habrá quienes disfruten caminar mientras dialogan con otras personas a la distancia. Yo prefiero ese momento de silencio en un mundo que tiende a la hiperconectividad. Esto me recuerda una anécdota personal que les comparto. Hace muchas lunas, pero muchas, llegué a una casa que rentaba mi familia en la calle Jacarandas. No había nadie y prendí el televisor, luego la grabadora y me metí a bañar. Estando en la ducha pensé: ¿para qué el televisor?, ¿para qué la grabadora? Ni siquiera se alcanzaba a escuchar bien. Entonces recordé algunas conversaciones con maestros sobre nuestra dificultad para apreciar la soledad, pero sobre todo el silencio. Quizá incluso antes de la hiperconectividad digital ya buscábamos llenar el silencio con ruido. El problema quizá no sea solamente la tecnología, sino nuestra incomodidad con el silencio.
Y así, unas voces escuchadas al paso me llevaron a estas divagaciones sobre la tecnología y el silencio. En nuestro país, de acuerdo con la ENDUTIH 2025, 102 millones de personas utilizamos teléfonos inteligentes. No es casualidad que una de las estampas urbanas más comunes sea la de una persona inclinada hacia adelante, mirando y manipulando con las manos un artefacto que la aleja de su entorno.
Ahora ya no es necesario mirar la pantalla: basta con hablar. Desde lejos, esas conversaciones pueden parecer soliloquios, voces al viento.
Total de Visitas 285767143
A partir del Lunes 11 de Abril de 2011
Desarrollada por HMH Sistemas
Template by OS Templates