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PAPÁ, MAMÁ… NO QUEDÉ EN LA PREPA

Administrador Colimapm | Opinión | 10/08/2026

POR: Carlos Alberto Pérez Aguilar

Llegaron los resultados y en muchas casas apareció una frase que parece tragedia: Papá, mamá… “No quedé en la prepa”.

Entonces todo cambia. Las lágrimas del adolescente, la angustia de los padres, las llamadas para ver cómo encontrar ayuda, los reclamos y, en algunos casos, la búsqueda inmediata de culpables.

Escucho de alumnos y de padres de familia que el examen fue injusto; ¡que si el CENEVAL!, ¡que si hay pocos lugares!, ¡que si otros tuvieron ventaja!, hasta las perspicaces suposiciones de que el amigo de un amigo entró porque tiene palanca de por el conocido de un amigo y denostando cualquier capacidad objetiva que le hiciera merecedor de ese lugar.

Se escucha de todo, menos la pregunta incómoda: “¿Qué hicimos nosotros (familia) para llegar hasta aquí?”

La Universidad de Colima, que concentra la demanda de solicitantes, ha ampliado su oferta de educación media superior. Para el ciclo 2026-2027 anunció 5 mil 905 lugares en 38 bachilleratos, incluido el Bachillerato en Línea.

La demanda, sin embargo, continúa creciendo y se concentra particularmente en determinados planteles, que tienen que abarrotar sus aulas hasta el tope, siendo modelos que resultan complejos de operar para un docente que atiende a grupos de más de 50 alumnos, en tanto van desertando, como lo plantea la estadística. Después de ese límite, se envían a Comala, Cuauhtémoc, Minatitlán, bachilleratos que tienen poca ocupación siendo inviables para los estudiantes y sus familias.

Y aquí está una parte del problema que pocas veces queremos reconocer.

No todas y todos quieren estudiar una preparatoria. Muchos quieren estudiar en una preparatoria específica; no necesariamente porque sea la que mejor responde a su proyecto de vida. A veces quieren ir porque ahí estudian sus amigos. Ese es, en mi opinión, uno de los peores criterios para tomar una decisión académica.

“Ahí va mi mejor amiga”; “ahí quedaron todos”; “yo no quiero separarme de mis amigos”; ¿De verdad estamos hablando de una decisión educativa o de un cotorreo escolar?

Un adolescente de 15 años puede pensar que permanecer junto a sus amigos es lo más importante del mundo. Y hay que comprenderlo: a esa edad, pertenecer al grupo es fundamental.

Pero precisamente para eso están los padres, para decirles que los amigos no van a estudiar por ellos. Que los amigos no van a pagar sus consecuencias, que los amigos probablemente cambiarán de intereses, de carrera y de grupo. Y que una decisión educativa no puede depender de quién se sentará junto a ellos en el salón. El amigo no debe decidir nuestro futuro.

Como profesor de bachillerato pienso que también hay padres que deberían hacer una autocrítica. Porque algunos descubren quién es realmente su hijo hasta el día que no aparece en la lista.

Entonces vienen las preguntas que debieron hacerse meses o años antes: ¿Qué quiere estudiar mi hijo o hija?, ¿Qué se le facilita?, ¿Qué materias disfruta?, ¿En qué es bueno?, ¿Para qué carrera tiene habilidades?, ¿Tiene realmente el promedio para ingresar al plantel que eligió?... ¿Se preparó para el examen? Y la otra pregunta: ¿Qué vamos a hacer si no queda?.  Si nunca hablamos de eso, no podemos sorprendernos cuando el resultado nos sorprenda.

Voy a decir algo que quizá resulte políticamente incorrecto:

En algunos casos, me alegra que el joven enfrente la consecuencia de lo que dejó de hacer.  No porque esté bien que fracase, sino al contrario.  Porque fracasar en algo que sea importante puede ser una de las mejores maneras de aprender antes de que las consecuencias sean mucho mayores.

Si no estudió, que aprenda.

Si no se preparó, que aprenda.

Si dejó todo para el último momento, que aprenda.

Si creyó que bastaba con querer entrar, que aprenda.

Porque la vida no funciona para el capricho.

Estoy convencido que resultado de admisión a un plantel específico no determina el valor de un adolescente. No lo convierte en mejor o peor persona. Pero sí puede enseñarle algo fundamental: los deseos necesitan esfuerzo para convertirse en resultados.

Pero también hay que hablar de la creciente concentración de la educación en determinados centros públicos.

La educación pública es indispensable. Las becas para estudiantes de educación media superior han representado un apoyo importante para miles de familias y que pueden ser decisivas para que un joven permanezca estudiando.

Pero no podemos construir una cultura en la que el mensaje sea: “Si no entras a determinada preparatoria pública, perdiste”. Eso es absurdo. Es ridículo cuando existen otras instituciones públicas y privadas. Existen diferentes modalidades. Existen otras escuelas, otros modelos educativos y otros caminos.

El verdadero fracaso no es no entrar a la primera opción. El verdadero fracaso sería dejar de estudiar porque no se obtuvo el lugar que se quería, pero más allá, es no saber, a estas alturas un poco de lo que quiero lograr.

Por eso también debemos preguntarnos si estamos centralizando demasiado nuestras expectativas educativas en unos cuantos planteles, porque cuando miles de jóvenes quieren exactamente los mismos espacios, inevitablemente habrá quienes se queden fuera.

Pensemos en qué queremos enseñarles.

¿Que la vida consiste en obtener siempre lo que queremos o que cuando una puerta se cierra debemos tener la madurez para buscar otra?, porque hay una diferencia enorme entre una aspiración y un capricho.  Una aspiración está vinculada con un proyecto. Un capricho está vinculado con una obsesión.

Querer una determinada preparatoria porque tiene un programa académico que se relaciona con lo que queremos estudiar es una aspiración; quererla porque ahí estarán los amigos, porque “es la mejor” o porque los padres consideran que da mayor prestigio, puede ser simplemente un capricho.  Y los caprichos también se pagan.

Tal vez este sea el momento de que dejemos de educar a nuestros hijos para evitarles cualquier frustración y necesitamos enseñarles a enfrentarla, porque habrá otras listas más severas; habrá otros exámenes; habrá entrevistas que no saldrán bien; habrá universidades en las que no serán aceptados; habrá empleos que no conseguirán; habrá proyectos en los que fracasarán.

Y no podremos culpar al CENEVAL cada vez que la vida les diga que no.

Por eso, detrás de cada adolescente que hoy dice “no quedé en la prepa”, debería haber una familia preguntándole algo mucho más importante: ¿Qué hacemos ahora?; ahí comienza realmente la educación.  Comprender que no hay sistema perfecto y que el acompañamiento de un padre o tutor no está únicamente en moverse para lograr abrir el espacio que se cerró, si no en tomar la importancia de ser el acompañante de un proyecto de vida.

Soy maestro de bachillerato y sé que muchos estudiantes caminan solos en su formación. Estudian, muchas veces, porque es un requisito más que se debe cumplir en el proyecto de vida común para una cierta edad.

Pero también puedo decirles que en las escuelas privadas, que a veces se piensan como segunda opción, he podido encontrar testimonios de éxito de jóvenes y familias que se comprometen por alcanzar un futuro mejor; he encontrado la gran fortuna de conocer y aprender de estudiantes valientes que deciden trabajar, emprender y, al mismo tiempo, continuar con su educación, porque entienden maduramente, porque tienen un chip diferente que han adoptado desde muy chicos, y que les enseña que hay cosas más importantes que aparecer, o no, en una lista de aceptados.

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