

LA RESURRECCIÓN Y LA VIDA, DON PARA EL QUE CREE EN CRISTO
JN 11,1-45
POR: Pbro. Jorge Armando Castillo Elizondo
Hermanos, nos acercamos al último domingo de cuaresma; nuestro camino penitencial llega casi a su término. La lucha inicial contra el pecado, acompañada de nuestra oración nos ha permitido acercarnos al agua viva para saciar nuestra sed, y en la figura del ciego, del domingo anterior, hemos sido capacitados para ver las obras de Dios. Hoy, Cristo nos presenta un signo de su poder y de su filiación divina en la resurrección de Lázaro. En este pasaje podremos ver la compasión de Dios reflejada y palpable en Cristo, hacia el dolor más grande que podemos experimentar, la muerte de un ser querido.
A lo largo de la historia los panoramas de sufrimiento, dolor y muerte son vistos como las situaciones más trágicas y difíciles que el hombre pueda experimentar. Frente a estos panoramas, muchos pueden afirmar que el hombre está hecho y destinado a la muerte, y que después de ésta, nada existe; algunos que dicen creer en Dios cuestionan: ¿dónde está Dios?, ¿por qué permite el sufrimiento?; sin embargo, otros afirmamos que estamos llamados a la inmortalidad, a la vida eterna, y tratamos de encontrar sentido aún en aquello que humanamente pareciera no tenerlo.
El hombre es frágil, hecho del barro, pero llamado a la vida eterna, tiene un alma inmortal que es elevada y santificada por la presencia del Espíritu de Dios. San Pablo lo afirma en la carta a los Romanos: “Mas ustedes no están en la carne, sino en el espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. El que no tiene el Espíritu de Cristo, no le pertenece” (Rom 8,9). Esa presencia de Dios dentro de nosotros nos permite sentir compasión hacia el que sufre y poner todo lo que está de nuestra parte para remediar cualquier situación adversa, y cuando no hay nada que hacer, al menos se permanece muy cerca del que sufre la perdida. El libro del Génesis nos presenta la imagen del hombre creado del barro, destinado a la vida eterna, pero por instigación del diablo es orillado al pecado y a la muerte. Sin embargo, ante el desastre causado del pecado, el Dios vivo y verdadero, proveerá en su momento el remedio a la muerte.
Las situaciones dolorosas, por tanto, no son la última palabra, son ocasiones para permitir a Dios actuar y, sobre todo, manifestar su gloria. Jesús se entera de que su amigo Lázaro está enfermo (asthenon), el Evangelista lo recalca en cuatro ocasiones (Jn 11,1.2.3.4) y Jesús afirma: “Esta enfermedad no terminará en la muerte, es para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella” (v. 4). Así pues, reconociendo que por medio de ella se manifestará la acción de Dios, Jesús espera, y días después de enterarse de que Lázaro está enfermo se decide ir a Judea. Su regreso no es fácil. Ya muchas veces los judíos habían intentado matarlo por los milagros que hacía, pero faltaba uno, el más grande de ellos que desatará finalmente la cólera de los judíos.
“Nuestro amigo Lázaro duerme y voy a despertarlo”, fue la explicación que Jesús dio a sus discípulos sobre la muerte de su amigo. La muerte no es el fin de la existencia. Para nosotros los creyentes, la muerte es un dormir para despertar nuevamente y nuestros cuerpos aguardarán la resurrección futura. El milagro de la resurrección de Lázaro tiene la finalidad de hacerles creer que Jesús tiene el poder de dar la vida y es una prueba de que de verdad es el Hijo de Dios.
Mas adelante, estando Jesús cerca de Betania, se encontrará con el sufrimiento de Marta y María, y Jesús antes de mostrarles cualquier manifestación de afecto humano, les conforta con las palabras de la fe. La primera palabra que nos tiene que dar conforto en los momentos de dolor es aquella que viene de Dios. Cristo al ver el dolor de sus amigos se conmueve en su espíritu (v. 33) y en su interior (v. 38). Y realiza el milagro de volverlo a la vida. La voz de Cristo le devuelve la vida, la voz de Cristo vence la muerte y dona la vida. Este milagro será un anticipo de lo que Cristo realizará no solo en favor de alguno, sino en bien todos nosotros. Vencerá para siempre la muerte y “estaremos para siempre con él” (1Tes 4,17). “El milagro de Cristo suscitó la fe, “muchos creyeron en él” (v. 45).
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A partir del Lunes 11 de Abril de 2011
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