
EL SEGUIMIENTO DE CRISTO SE TRADUCE EN ACCIONES CONCRETAS
LC 6,27-39
POR: Pbro. Jorge Armando Castillo Elizondo
Cuando el hombre ha escuchado la palabra de Jesús desde el corazón y ha sentido el deseo de seguirlo, debe reconocer que su vida debe tomar una proyección diferente. A partir de ese momento se vive una unión con Dios más profunda que debe llegar hasta las últimas consecuencias. Aceptar únicamente una instrucción religiosa sin ponerla en práctica y sin llevarla a la vida, será una de las fallas que nos impedirán experimentar la vida de Dios en nosotros.
Desde la lógica humana y según la manera de reaccionar frente a los estímulos, el hombre debe reaccionar con prontitud frente la acción exterior: si me ofenden, ofendo; si me atacan, me defiendo, si me insultan, devuelvo la agresión; y esta situación se hace cada vez más grande cuanto mayor es la ofensa. De igual manera, frente a la gratitud de otro hacia mí, devuelvo el favor, o si ofrezco algo, espero recibir algo en cambio; y en esta dialéctica ordinaria se nos va la vida. Sin embargo, la unión con Dios y la nueva dignidad que nos ha dado, al hacernos parte de su familia, nos pone en una postura totalmente diferente. Debemos actuar y reaccionar como verdaderos hijos de Dios, con los mismos sentimientos y actitudes que se han manifestado en Cristo. Ya lo decía Jesús: “Dios hace salir su sol sobre buenos y malos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos” (Mt 5,45). Esto quiere decir que Dios es imparcial, no se deja limitar por las acciones de sus hijos, al contrario, les da siempre una oportunidad para poder volver al camino de la gracia, al camino que lleva a Dios.
El Evangelio de este domingo nos presenta a Jesús que invita a los que lo escuchan, y que quieren ser verdaderos discípulos, a obrar con un corazón nuevo, pide: amar, hacer el bien, bendecir y orar, sobre todo hacia quien manifiesta acciones negativas y ofensivas. A la base de todo actuar humano está el amor. El amor es el fundamento del actuar ético-moral de los cristianos, porque es una fuerza divina que perfecciona nuestra capacidad de amar y de entregarse al prójimo. Los demás no dejan de ser hermanos porque hayan realizado alguna obra mala, al contrario, necesitan de la compasión, del perdón y de la gracia para poder volver al camino que lleva a Dios.
Nadie en este mundo desea ser rechazado, odiado, menospreciado y oprimido, al contrario, normalmente huimos de todas estas experiencias. Pues, así como deseamos que esto no llegue a nosotros, así mismo debemos hacer que la fuerza del pecado y de egoísmo quede sofocada en su intento. ¿cómo hacerle?, haciendo lo que es contrario: no aspirar a la violencia cuando me veo atacado. Ya lo decía Jesús: “traten a los hombres como quieran que ellos los traten a ustedes” (Lc 6,31), este consejo o advertencia es una regla de moralidad que nos invita a no desear para otros el mal que no queremos para nosotros mismos, esto ya es un primer paso. Segunda acción importante: el bien debe hacerse a todos sin excluir a nadie. Amar a los que nos aman, hacer el bien a los que te hacen el bien y prestar a quien, o de quien esperas recibir recompensa, eso no tiene nada de sobrenatural, eso no tiene mérito, eso no tiene gracia: “¿qué gracia (xaris) esperas tener?, nosotros traducimos ¿qué mérito tiene? La prueba de la fe comienza cuando se nos invita a responsabilizarnos de los demás, aun cuando sus actitudes hacia nosotros sean negativas. La unión con Dios y el ser de verdad hijos suyos, nos pone frente a una misión: reflejar su amor a los demás con el propio testimonio.
Si en nuestra vida nos movemos por el ser y el poseer: “llegar a ser alguien” o “llegar a poseer algo”, el mismo Jesús en san Lucas nos presenta estos dos puntos de atracción para todo hombre, pero los presenta desde la óptica de Dios o de la fe. En cuanto a ser: “serán hijos del Altísimo”; esta dignidad que ya nos fue conferida en el bautismo, se manifestará en toda plenitud en la vida eterna; y en cuanto al tener o poseer, dice Jesús: “recibirán una grande recompensa”, que se verá reflejada ya desde este mundo, pero que será plena y abundante en la vida eterna. Por tanto, vivir y actuar como verdaderos hijos de Dios nos preparan para un futuro de grande bendición, con la única condición de poner el amor (ágape) al centro de nuestro actuar, para ser buenos (xrestós) y vivir la misericordia y la compasión (oiktírmones) hacia el prójimo, imitando a nuestro Padre Dios.
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A partir del Lunes 11 de Abril de 2011
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