
EL PRESIDENTE DEBE ENTENDER QUE NO ESTÁ SOLO
AMLO es el presidente que mayor expectativa ha generado en la población y, consecuentemente, el que más la ha defraudado. Y no es mofa, ni descalificar al régimen; todo lo contrario: hay que entender por qué sucede esto. AMLO y su movimiento no son seres divinos, por más que se quieren encumbrar dentro de la clase política, pero analicemos esto.
Desde un principio, en la campaña, el presidente se fijó metas muy altas, que ninguno de sus antecesores logró: prometió un crecimiento del PIB del 6 por ciento, cuando el crecimiento era del 2 por ciento; aseguró que con abrazos o una política pacifista a la Ghandi persuadiría a los grupos criminales, a pesar de que la violencia escalaba; pregonó que con el ejemplo erradicaría la corrupción, cuando ésta ya era inherente en el sistema; todos estos fines muy loables, pero que el presidente nunca explicó, más allá de su discurso ideológico, cómo alcanzaría estas metas.
La realidad, contundente, desvirtúa cada vez más el discurso oficialista: el PIB decreció peor que en los gobiernos neoliberales, al grado que el presidente busca implementar un nuevo indicador para medir, ahora, la felicidad y el bienestar de la población. Genial, pero le habría dado más legitimidad si desde un principio lo hubiera implementado, articulado al trabajo que hace ya el Coneval para medir la pobreza en México, ésa que tanto lastima al presidente y a nuestro país.
No fue así, y pareciera una argucia para soslayar los malos resultados económicos y la falta de generación de empleo, factores que influyen en el PIB. Su retórica pacifista, por otro lado, ha cambiado de manera significativa, después del aumento histórico de ejecuciones y sus descalabros con el cártel de Sinaloa: la liberación de Ovidio Guzmán después de un cruento enfrentamiento con las fuerzas armadas y el saludo a la mamá del Chapo.
A tal grado ha fracasado esa política, que el presidente ya legalizó la permanencia, durante todo su gobierno, de las fuerzas armadas en labores de seguridad pública, al igual que lo hicieron en la práctica Calderón y Peña Nieto. En los hechos, el decreto presidencial da continuidad a una política fallida de los anteriores gobiernos y lo equipara a su némesis, Felipe Calderón.
Repito: no es tirria contra el presidente, pero hay que puntualizar los hechos. El combate a la corrupción, por ejemplo, no se ha materializado en acciones contundentes más allá del discurso: hasta el momento ningún expresidente está en la cárcel, aunque el presidente los ataca diariamente por corruptos y ser los causantes de todos los males en el país.
Se ha cebado, en ese sentido, contra Rosario Robles y otros adversarios políticos, pero no actúa con la misma contundencia contra corruptos del actual régimen, a pesar de las evidencias, como en el caso de Bartlett y su hijo; y el nepotismo de su primer círculo, a quienes mantiene a pesar de los duros costos políticos. ¿Por qué con los otros sí, pero con estos no?
Sus programas insignia, como Jóvenes construyendo al futuro, son utilizados en esos mismos esquemas de corrupción que tanto odia, por carecer de adecuados candados y mecanismos para prevenirla. En Cuauhtémoc ya sucedió y seguramente eso se replica en muchos otros lugares.
Es un buen programa, pero susceptible a ser utilizado con malos fines, sobre todo cuando se deja fuera a jóvenes que realmente lo necesitan y entran otros beneficiados por el régimen u otros partidos políticos.
No ha tenido, por otro lado, un impacto en la economía, porque una beca nunca va a ser un empleo, un trabajo; y eso es lo que queremos los mexicanos: trabajos de calidad. Y más los jóvenes, quienes solo por un año reciben este beneficio y luego quedan a su suerte, en un mercado laboral cada vez más precario, y dudo que la carta de recomendación del presidente les ayude mucho.
Ojalá el presidente entendiera que en México nadie quiere que le vaya mal, porque entonces nos iría mal a todos. El problema es la belicosidad del presidente, su discurso que divide y genera antagonismos, precisamente con aquellas fuerzas políticas con las cuales debería co-gobernar.
Es esa discriminación política de pensar que encabeza un movimiento casi divino, histórico, impoluto, cuando la realidad es que se eslabona con otros gobiernos que buscaron, en su momento, generar beneficios para el país. No se entendería el desarrollo de México sin esta concepción.
Vienen tiempos muy difíciles, aciagos, y el presidente debería comenzar a entender que no está solo. Que hay muchas personas, que no congenian con sus inquietudes ideológicas, pero que buscan que le vaya bien a México. Entender esto será clave para el éxito de su gobierno.
DOS PUNTOS
Desde el congreso local, hay actores que buscan generar la confrontación política, en un momento donde se deberían dejar de lado las frivolidades de la cicatería partidista. Aseguran que el gobierno del estado es opaco, cuando los indicadores de la SHCP colocan a la entidad como una de las más transparentes. Si creen que harán réditos electorales atacando, están muy equivocados. Lo que busca la población son resultados.
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A partir del Lunes 11 de Abril de 2011
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