PARACAÍDAS

ROGELIO GUEDEA | Opinión | 13/03/2011

CONSENSO Y PARTIDOS POLÍTICOS


Si mi país o ciudad fuera vista como una casa, una sola casa en donde convivieran padres, hermanos, mascotas, e incluso plantas de ornato, y esta idea de filialidad estuviera en la cabeza de los habitantes, quienes sabrían entonces que salir a la calle a hablar mal de su propio hermano o padre es deshonrarse a sí mismos, entonces nos daríamos cuenta de la importancia de llegar a consensos reales en los que la tolerancia fuera la maestra de ceremonias.

No cabe duda que, como lo dijo recientemente el investigador José Sosa López, la ganancia de los gobiernos es la legitimidad. Esto mismo, hace más de doscientos años, lo había dicho ya Benjamin Franklin, quien para demostrar la importancia de sacrificar todo al bien público, y la importancia que debe resultar tanto para casas vecinas (ciudades o países extranjeros) como para el seno nuestro, la unanimidad real a la hora de buscar consensos, escribió: “una gran parte del poder y de la eficacia de todo gobierno para procurar y asegurar la dicha del pueblo depende del conjunto de la opinión, de la opinión general que pueda formarse a favor de la bondad del gobierno, como también de la sabiduría y de la integridad de los que gobiernan.”

Y luego, refiriéndose a la Constitución que querían aprobar, agregó: “Espero, pues, que por amor de nosotros mismos, como que formamos parte del pueblo, y también por amor de nuestra posteridad, nos dediquemos cordial y unánimemente, a recomendar esta Constitución por todas las partes donde nuestra influencia pueda extenderse, y que, en lo sucesivo, encaminemos nuestros pensamientos y nuestros esfuerzos hacia las medidas que deben adoptarse para que sea bien administrada”.

Y concluye: “en fin, aprovecho, señor presidente, esta ocasión para manifestar cuánto desearía que, a mi ejemplo, depusieran un poco de su propia infalibilidad los miembros de esta asamblea que creen notar algunos defectos en nuestra Constitución; y que para dar una prueba manifiesta de nuestra unanimidad, firmásemos todos la aceptación”.

Yo no sé cuánto tenga que ceder el gobierno y cuánto los partidos políticos que lo rodean para propiciar el “pacto de civilidad”, pero tengo la certeza, eso sí, de que es necesario que depongan (los que la tengan) esa soberbia de tener siempre la razón para evitar que en la casa vecina nos vean como una familia de muy baja ralea, incapaz, incluso, de hacerse el bien a sí misma.

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