HISTORIAS DEL CENTENARIO

PEDRO PUENTE PÉREZ | Opinión | 14/05/2017

Esta es otra historia que mi padre, Don José Puente Fuentes, de 104 años de edad, me ha contado del Colima de antes y que quiero compartir con ustedes.

Hace muchos años mi padre vendía pan en la esquina de la calle Torres Quintero y lo que hoy es la avenida Pino Suárez, cerca al templo de San José, aunque en ese tiempo estas calles no se encontraban ni siquiera empedradas y eran muy pocos los automóviles que por ella circulaban.

Cuenta mi padre que había dos mujeres que no se casaron nunca, sus nombres María y Guadalupe, las cuales se dedicaban a hacer costuras y algunos tejidos y bordados para venderlos y, de esta manera, se mantenían y a diario pasaban a la misa de las 5 de la mañana en San José.

Cuando pasaban a misa me apartaban cuatro piezas de pan y cuando regresaban lo pagaban y aunque cada pieza de pan costaba 10 centavos a ellas se los dejaba en 35 centavos las 4 piezas.

Un día, cuenta mi padre, llegaron oscuras la mañana, y me pidieron fiadas las cuatro piezas de pan porque se tenían que ir a Tonila (el camión salía a las cinco de la mañana) y a los cuatro o cinco días regresó una de ellas, Guadalupe, a pagar los 35 centavos y me dijo: -Aquí están sus centavitos-, luego de saludar, dice mi padre, le pregunté por su hermana y ella me dijo -no vino, no pudo venir y allá se quedó, yo nomás vine a pagarle-

-Apoco nomás a eso vino, no había apuración- contestó mi padre.

-De todos modos ya vine y aquí están sus centavitos- y luego de pagar Guadalupe se fue.

Pero cuatro días después llegó María, la otra hermana: -Buenos días, aquí le traigo sus centavos del último día que pasamos yo y mi hermana y nos llevamos pan-.

Ante esto mi padre le aclaró: -no debe nada, su hermana Guadalupe vino a pagarme hace cuatro días-.

-¡Mi hermana vino!- contestó asombrada la mujer.

-Sí, su hermana vino y me pagó los 35 centavos. Oscuras la mañana vino aquí, me pagó y me dijo que se iba de vuelta porque vino sola-, le reiteró mi padre.

En esos momentos María comenzó a llorar: -No puede ser, cuando ella vino a pagarle ese día mi hermana estaba tendida, muerta vino apagarle a usted-

-No es posible, su hermana vino me pagó y estuvimos platicando, hasta le pregunté si no iba a llevar pan y me contestó que no porque llevaba prisa- dijo mi padre.

A pesar que la deuda de 35 centavos ya estaba pagada por Guadalupe, María insistía en pagar pues decía que debían pero mi padre no aceptó, por lo que intervino otra mujer que estaba comprando pan y dijo -Si es así, con esos centavitos mándele decir una misa a ella-, lo cual fue aceptado por María e incluso otras clientas y mi propio padre cooperaron para que le mandaran decir las misas a Guadalupe, la mujer que muerta regresó a pagar la deuda que tenía.

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