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CULTURALIA

NOE GUERRA PIMENTEL | Opinión | 13/02/2015

LA PETATERA, TERCERA PARTE

Originalmente construidos con troncos y soga de ixtle, estos espacios, los corrales en los que se resguardan y maniobran los astados, en la actualidad engrapan los amarres afirmando las esquinas para asegurar que las sogas no se muevan y en un momento dado pudieran exponer la integridad de quienes se desempeñan en la riesgosa tarea de mover a los brutos. Son entre 10 y 14 personas o mozos quienes coordinados por un encargado, quienes levantan esta parte de la plaza en poco menos de 40 días, trabajo que para lo contrario, es decir desarmar corrales y los toriles, no les lleva más de medio mes para dejar el terreno baldío hasta finales de año, cuando en diciembre se empiece a pisar nuevamente el terreno.

Con un promedio de 22 toros y toretes que se reciben diariamente entre los que serán jineteados y que a su conocimiento se dividen de la siguiente manera: 6 para el llamado Toro de Once y 16 más para la jaripeada, mismos que resultan desalojados al término, para a otro día, por la mañana, recibir los toros que se exhibirán en las mismas suertes. En lo que se refiere a las llamadas corridas formales, hablamos de que se reciben de 7 a 10 toros de lidia, lo que varía según la ganadería, para estos animales, caracterizados por su fuerza y bravura se construyen cajones especiales, individuales diseñados para que el astado salga por una puerta y tenga regreso por otra, con lo que se tiene una mayor control y con esto mayor seguridad en el movimiento de estos bureles.

Guadalupe Castillo, encargado de hacer los toriles por más de un cuarto de siglo desde 1976 hasta el 2001, platicaba en su momento que lo principal era asegurar los corrales de los toros de lidia, los de las corridas formales, porque si alguno se escapa, puede matar a alguien. Él, se recuerda, sucedió a José María (Chema) Cruz, de quien siendo aprendiz y heredero de este oficio al que pocos le entran le tomó la estafeta para continuar con esta tradición. Medio centenar de años se acumularon en la experiencia de este hombre que primero como aprendiz, luego como encargado, lo hicieron diestro en la arquitectura especial de los tentaderos del coso, sino también en el buen manejo de los brutos que le tocaba recibir día con día durante el festejo, evitando que se lastimaran o que fueran mal atendidos.

A Lupe, como a sus sucesores, le correspondió construir cada año 8 corrales o nueve, 2 embarcaderos, el callejón de los de lidia, los burladeros, el palco ganadero y el oficial. Los toriles, según explicaba, son los corrales donde se guardan los toros para las corridas ordinarias, en otro lugar se hacen los corrales para guardar los prietos y se construyen otros cajones grandes para colocar a las bestias para el sorteo. También explicaba que un día antes de la corrida los ganaderos llevan sus toros y los guardan en los corrales y al término, se los llevan. Mientras los animales permanecen allí, el encargado se responsabiliza de su alimentación. El comité es el encargado de comprar la pastura.

La edificación de los toriles se lleva unas mil piezas de madera de diferente tamaño y la mayor parte, a diferencia de los tablados que hacen a la plaza de los toriles, es del comité, la otra parte es de los tabladeros, ya que cada uno tiene la obligación de prestar la que puede. A J. Guadalupe Castillo lo sustituyó su más adelantado discípulo, Adrián Macías, quien replicó y mejoró la técnica heredada de Castillo para, a su muerte, dejar toda su experiencia en manos de quien le había aprendido por casi una década, Pedro Ponce Pérez, quien desde el 2012 es el adusto formal encargado de la construcción de los corrales de la plaza. Espacio fundamental desde donde se lleva la logística de una de las actividades más emblemáticas de la fiesta, los jaripeos, los rejoneos y las corridas formales.

Con una experiencia acumulada de más de medio siglo cercano a quienes le enseñaron este oficio, tal como lo testimonian su cabello y bigote blancos en contraste con su tez morena, Pedro, en su empirismo ha entendido el lenguaje de esta construcción que nace, como lo enseñaron sus antecesores, con el primer horcón que se coloca como parte del portón de entrada al redondel, también salida que debe tener una altura (medida con una vara de otate –la herramienta tiene marcados: 1, 2 y 3 metros más 20 centímetros-) de 3.20 metros, la medida exacta del camión cisterna o pipa de agua que todos los días entra al ruedo a regar para que se aplaque el terregal y la fiesta luzca con mayor esplendor.

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