PARANORMAL

NANCY GONZÁLEZ FLORES | Opinión | 05/08/2011

La bodega que jamás debió ser cuarto

“El profundo sendero de la muerte es el más largo y el más oscuro” (fragmento del libro Exeter)


Muchas veces la oscuridad nos hace ver cosas que no son o formas que en realidad si las son y preferimos creer que es parte de nuestra imaginación. Este relato fue contado así:

“Un par de las habitaciones que siempre sirvieron cómo bodegas, fueron remodeladas y transformadas en dormitorios para visitas. Detalladamente fueron resanados techos, bardas, pisos para finalmente ser pintadas decoradas y amuebladas apropiadamente, de hecho quedaron mejor que mi cuarto. Espacios vírgenes que jamás habían sido usados para hospedar personas hasta esa ocasión cuando recibimos a unos primos que llegaron a pasar vacaciones en Tecomán”.

“En cuanto tuve la oportunidad negocié con uno de ellos para intercambiarnos cuartos al menos por una sola noche para estrenarlo, por lo cual acepto ¿cómo negarle la oportunidad al mismo anfitrión? tomé unas cosas y me instalé finalmente en la alcoba, me recosté boca arriba y concilié el sueño observando la nueva estructura del techo mientras que me arrullaba con los aromas de la madera recién maqueada, quedando inmediatamente dormido”.

“Un extraño ruido me despertó miré hacía la ventana donde percibí claramente un pequeño bulto inclinado bajo el marco de esta, era la silueta de un niño. Extrañado me senté para visualizar y ver de qué se trataba, al percatarme de que no había nada, nuevamente me recosté y sonreí por mi innecesaria perturbación”.

“Despreocupadamente me quedé dormido de nueva cuenta, ignoro no sé por cuánto tiempo cuando sentí el peso de un bulto sobre mi cuerpo. Intrigado por saber de qué se trataba abrí los ojos descubriendo la grotesca imagen de un rostro desencajado, demacrado casi descarnado con rasgos infantiles y unos penetrantes ojos grises blancuzcos tan hundidos y vidriosos que impondrían hasta al más valiente”.

“El miedo paralizó cada musculo de mis extremidades, impidiendo movimiento alguno para mi defensa. Mientras que mi mandíbula estaba completamente trabada para pedir auxilio. Viéndome totalmente indefenso dentro de mis cabales apreté dientes y parpados para no verle más, mientras rezaba lo primero que cruzaba por la mente, pidiéndole al creador que acabara con tal desagradable experiencia”.

“No recuerdo más de lo que pasó porque terminé perdiendo el sentido, cuando recobré el conocimiento ya había amanecido y “aquello” ya no se encontraba. Todo mi cuerpo estaba totalmente molido y cansado, mientras que mis brazos amoratados, rasguñados y mordidos, después de lo sucedido ese cuarto volvió a ungir el grado de bodega de triques y albergue de alimañas, tal cómo un principio lo fue”.